El Valle de Viñales

Fue todo un espectáculo poder  ver el atardecer y el amanecer frente a estas montañas.

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Y aunque mi cara de dormida parezca decir que estaba muerta de cansancio, en realidad dormí bastante bien todas las noches del viaje, unas ocho horas del tirón. Lo cual era necesario porque cada día era intenso y ese día en el Valle de Viñales fue además uno de los más calurosos que tuvimos.

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El Valle de Viñales es conocido por esas formaciones montañosas ligeramente mochas y por ser donde se cultiva el tabaco para hacer los puros cubanos. Es una zona bastante rural y para llegar allí pasamos por carreteras de montaña escarpadas, estrechas y de lo más pintorescas. Durante todo el trayecto se veían casas de colores en mitad de la nada, rodeadas de vegetación exuberante. El color sigue presente en los pueblos, sobre todo en las pensiones privadas.

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No nos paramos mucho en el pueblo porque enseguida nos dirigimos al mismísimo valle. Aquí veis algunos campos con casas y cabañas de secado de tabaco. Al parecer es una tierra muy buena para el cultivo y crecen muchas plantas.

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Visitamos a un campesino de unos 70 años que nos enseñó su jardín con un montón de plantas aromáticas y sus matas de café. Nos dio a probar unos plátanos diminutos que estaban riquísimos y una taza de café que él mismo tuesta a la leña.

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Después, no muy lejos, nos hicieron una visita de varias cabañas de secado de hojas de tabaco. Por lo visto hay dos maneras de secarlas. Ya sea colgadas de un trozo del tallo que dejan, o cosiendo cada hojas por el nervio (un trabajo muy duro), pero cada uno da un sabor diferente al tabaco.

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El chico nos contó la receta personal de su familia para macerar las hojas de tabaco, ya que cada productor puede quedarse una parte para consumo personal (el resto es comprado por el estado) y desarrollan sus propias recetas (diferentes a las del estado). El proceso de enrollado es bastante parecido (pero con menos rigurosidad que en las fábricas nacionales).

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El marco de nuestro restaurante era espectacular:

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Y cómo no maravillarse cuando tienes esa vegetación y esa geografía tan particular a tu alrededor. El hotel estaba en mitad de la jungla, se oían las ranas, las luciérnagas, los grillos, los pájaros… (los mosquitos, jajaja). Parecía de película, la verdad. ¡Qué gusto poder relajarse en la piscina tras un día de calor tan intenso!

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Antes de instalarnos en el hotel hicimos una visita guiada en el parque botánico de orquídeas en Soroa que era súper bonito (y empinado!), pero había que pagar para poder hacer fotografías (algo que vimos en algunos sitios, como suplemento) y decidimos no coger la cámara. La suerte de hablar español es que pude seguir todas las explicaciones sin problemas de las plantas, ya que la señora llevaba trabajando 40 años en el parque y lo conocía todo a la perfección. ¡Recomendado si vais por la zona!

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